El Grande Oriente

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Gil de la Cuadra estaba encerrado en un calabozo de otra crujía, y no gozaba de la preeminencia de vistas a la calle. En su encierro había bastante claridad, y tenía mejores muebles que Vinuesa, entre ellos una cama en alto. También su puerta se ornaba con inscripciones; pero en lo interior no las había. Mortificábanle principalmente los gritos, cantos y disputas de los milicianos nacionales, que tenían su cuerpo de guardia en el zaguán, y que alborotaban en el patio mucho más de lo conveniente.
Bastante después del encierro sintiose atacado de dolores en las articulaciones de las piernas, y no dudó que su reumatismo constitucional le iba a hacer una nueva visita. Guardó cama, resignándose al suplicio de sus dolores con paciencia cristiana, y tuvo varias alternativas de alivio o recrudescencia. A falta de auxilios médicos, disfrutó de los cuidados de un calabocero algo piadoso, que por haber padecido del mismo mal, no sólo poseía recetas y cierta ciencia práctica, sino también una compasión hacia todos los reumáticos.
De esta manera transcurrieron muchos días. Lo que más hondamente perturbaba la naturaleza moral y física del ex-oidor era la incomunicación y con esta la negra tristeza en que vivía, si aquello era vivir. Solo, febril, contemplando perpetuamente su situación, midiendo sin cesar la considerable distancia que le separaba de su hija, pasaba las largas horas del encierro, y veía la lenta serie de noches y días, marchando como las ruedas de una máquina de tormento. A ratos oraba, a ratos derramaba amargas lágrimas; por breves momentos recibía consuelo de su propia imaginación, representándose la libertad y la paz de su casa; pero estas bellas sombras pasaban pronto, y el calabozo le ponía delante sus cuatro paredes inalterables. Conocido el estado de su ánimo, lleno de amargura, se comprenderá cuáles serían su asombro y emoción al ver que un día se abrió la puerta del calabozo, que entró un hombre, y que en aquel hombre reconoció, después de congojosas dudas, la persona auténtica de Salvador Monsalud.
Este corrió a abrazarle y Gil de la Cuadra se desmayó de alegría.
—¡Mi hija, mi hija!… —murmuró cuando recobraba el uso de la palabra—. ¿Ha muerto?, ¿vive?
—¡Ánimo, Sr. Gil! —gritó Monsalud—. Pronto verá usted a su hija, que está buena como nunca, y muy contenta al saber que pronto estará usted libre.
—¡Yo libre! —exclamó el anciano abrazando a su amigo.
—Todavía no; pero pronto será.
—¿Y Anatolio?
—No ha venido aún.
Siguió haciendo preguntas, menudeándolas con tanta prisa que casi no daba tiempo a la contestación, y al fin se ocupó de su causa que había dejado para lo último. Monsalud, en breves términos, le explicó, si no todo, gran parte de lo que había hecho, así como las circunstancias de su presencia en la cárcel y el destino que desempeñaba.
—Tengo la seguridad —dijo—, de que conseguiré un objeto en el cual he empleado tanta actividad, tanta fuerza, tanta paciencia. La santidad de la obra emprendida, que es el cumplimiento de una de las primeras leyes cristianas, me hace creer que esta vez, como otras, mi trabajo no será estéril. He sufrido contrariedades, amigo mío, contrariedades graves; pero al mismo tiempo he empezado a conocer uno de los mayores goces que puede sentir el hombre y que hasta ahora…
—No había usted conocido.
—Al menos en tan alto grado.
—El goce incomparable de hacer bien a un semejante —dijo Cuadra con voz balbuciente por la emoción.
—Ese, sí, y el de poder dar forma al agradecimiento expresándolo en hechos.
—¡Oh!, sí, también es un goce inaudito.
—Y tranquilizar la conciencia.
—Es verdad.
—Porque el recuerdo de las grandes faltas —añadió Monsalud—, no se atenúa sino con la práctica constante de buenas acciones.
—También, también.
—Todo me anuncia que esta vez mi afán no tendrá, como otras veces, un éxito desdichado. El corazón mío, que es la desconfianza misma, me está diciendo ahora: «triunfamos, triunfamos de seguro». Será usted libre, amigo mío, y lo será pronto. Sólo le recomiendo a usted un poco de paciencia. Consuélese usted con saber que me tiene muy cerca, y que estoy discurriendo los medios de rematar nuestra obra.
Gil de la Cuadra, arrojándose en brazos de su protector, lloró como un niño.

Benito Pérez Galdós en El Grande Oriente, 1876

From the dusty mesa

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From the dusty mesa
Her looming shadow grows
Hidden in the branches of the poison creosote
She twines her spines up slowly
Towards the boiling sun
And when I touched her skin
My fingers ran with blood

In the hushing dusk under a swollen silver moon
I came walking with the wind to watch the cactus bloom
And strange hands halted me, the looming shadows danced
I fell down to the thorny brush and felt the trembling hands

When the last light warms the rocks
And the rattlesnakes unfold
Mountain cats will come to drag away your bones

And rise with me forever
Across the silent sand
And the stars will be your eyes
And the wind will be my hands

Handsome Family en Far from any road, 2003

Barbecho

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Del lat. vervactum.

1. m. Tierra labrantía que no se siembra durante uno o más años.

2. m. Acción de barbechar.

en barbecho.

1. loc. adj. Dicho de una tierra labrantía: Que no se siembra durante un tiempo para que descanse.

firmar alguien en barbecho, o como en un barbecho.

1. locs. verbs. coloqs. Hacerlo sin examinar lo que firma.
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Ensayo sobre la ceguera

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Y si pidiésemos a los soldados que nos traigan una pala, Buena idea, vamos a probar, y todos se mostraron de acuerdo, que sí, que era una buena idea, sólo la chica de las gafas oscuras se quedó en silencio, sin decir nada sobre la pala o el azadón, su manera de hablar eran, por ahora, lágrimas y lamentos, Tuve yo la culpa, lloraba, y era verdad, no se podía negar, pero también es cierto, si eso le sirve de consuelo, que si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos. Los buenos y los malos resultados de nuestros dichos y obras se van distribuyendo, se supone que de forma bastante equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo aquellos, infinitos, en los que ya no estaremos aquí para poder comprobarlo, para congratularnos o para pedir perdón, hay quien dice que eso es la inmortalidad de la que tanto se habla, Lo será, pero este hombre está muerto y hay que enterrarlo.

José Saramago en Ensayo sobre la ceguera, 1995

Algo contigo

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Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo
es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
ya no puedo acercarme a tu boca sin deseártela de una manera loca
necesito controlar tu vida, saber quién te besa y quién te abriga.
Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo
es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
ya no puedo continuar espiando, día y noche tu llegar adivinando.
ya no sé con que inocente excusa pasar por tu casa
ya me quedan tan pocos caminos y aunque pueda parecerte un desatino
no quisiera yo morirme sin tener algo contigo.
Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo
es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
ya no puedo acercarme a tu boca sin deseártela de una manera loca
necesito niña controlar tu vida, saber quién te besa y quién te abriga
ya me quedan muy pocos caminos y aunque pueda parecerte un desatino
no quisiera yo morirme sin tener algo contigo.
Algo contigo, algo contigo
niña no quisiera yo morirme sin tener
algo contigo, algo contigo, algo contigo.
triste el destino que me espera sin poderte conocer
algo contigo, algo contigo, algo contigo.
ya no hay excusa, ya no hay nada que tenga que perder
algo contigo
como un esclavo,
algo contigo
esclavo para siempre no me importaría ser,
algo contigo
eternamente esclavo,
niña no quisiera yo morirme sin tener
algo contigo, algo contigo, algo contigo.
triste el destino que me espera sin poderte conocer
algo contigo

Vicentico en Algo contigo, 2003

Fernando VII – rey felón

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Cuando vuestros heróicos esfuerzos lograron poner término al cautiverio en que me retuvo la mas inaudita perfidia, todo cuanto ví y escuché, apenas pisè el suelo patrio, se reunió para persuadirme que la Nacion deseaba ver resucitada su anterior forma de Gobierno; y esta persuasion me debiò decidir á conformarme con lo que parecia ser el voto casi general de un pueblo magnánimo que, triunfador del enemigo extrangero, temia los males aun mas horribles de la intestina discordia.

No se me ocultaba sin embargo que el progreso rápido de la civilizacion europea, la difusion universal de luces hasta entre las clases menos elevadas, la mas frecuente comunicacion entre los diferentes paises del globo, los asombrosos acaecimientos reservados á la generacion actual, habian suscitado ideas y deseos desconocidos á nuestros mayores, resultando nuevas é imperiosas necesidades; ni tampoco dejaba de conocer que era indispensable amoldar á tales elementos las instituciones políticas, á fin de obtener aquella conveniente armonía entre los hombres y las leyes, en que estriba la estabilidad y el reposo de las sociedades.

Pero mientras Yo meditaba maduramente con la solicitud propia de mi paternal corazon las variaciones de nuestro régimen fundamental, que parecian mas adaptables al caracter nacional y al estado presente de las diversas porciones de la Monarquía española, así como mas análogas á la organizacion de los pueblos ilustrados, me habeis hecho entender vuestro anhelo de que se restableciese aquella Constitucion que entre el estruendo de armas hostiles fue promulgada en Cádiz el año de 1812, al propio tiempo que con asombro del mundo combatiais por la libertad de la patria. He oido vuestros votos, y cual tierno Padre he condescendido á lo que mis hijos reputan conducente á su felicidad. He jurado esa Constitucion, por la cual suspirábais, y seré siempre su mas firme apoyo. Ya he tomado las medidas oportunas para la pronta convocacion de las Cortes. En ellas, reunido á vuestros Representantes, me gozaré de concurrir á la grande obra de la prosperidad nacional.

Españoles: vuestra gloria es la única que mi corazón ambiciona. Mi alma no apetece sino veros en torno de mi Trono unidos, pacíficos y dichosos. Confiad, pues, en vuestro REY, que os habla con la efusion sincera que le inspiran las circunstancias en que os hallais, y el sentimiento íntimo de los altos deberes que le impuso la Providencia. Vuestra ventura desde hoy en adelante dependerá en gran parte de vosotros mismos. Guardaos de dejaros seducir por falaces apariencias de un bien ideal, que frecuentemente impiden alcanzar el bien efectivo. Evitad la exaltacion de pasiones, que suele transformar en enemigos á los que solo deben ser hermanos, acordes en afectos como lo son en religion, idioma y costumbres. Repeled las pérfidas insinuaciones, halagueñamente disfrazadas, de vuestros emulos. Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional; y mostrando á la Europa un modelo de sabiduría, orden y perfecta moderacion en una crisis que en otras naciones ha sido acompañada de lágrimas y desgracias, hagamos admirar y reverenciar el nombre Español, al mismo tiempo que labramos para siglos nuestra felicidad y nuestra gloria. Palacio de Madrid 10 de Marzo de 1820.

FERNANDO.